Opinión

La revolución a la vuelta de la esquina

La convergencia –o confluencia, tanto da–, es la idea que ha tenido entretenida a la izquierda este último año. Algunos procesos tuvieron éxito, inesperado en algún caso, y otros terminaron como el rosario de la aurora. Sin embargo, cabe preguntarse a qué nos referíamos cuando hablábamos de confluencia.  Al final, creo, por mucha épica con la que se envolviera el asunto, de lo que se debatía en realidad era de mecanismos procedimentales o, dicho de otro modo, de confección de listas. «Programa, programa, programa», pero el programa quedó olvidado en la gaveta, cuando era precisamente la existencia de un proyecto político común, al menos es sus líneas básicas, la que marcaba la ruta hacia la convergencia. Por muy obvio que parezca, nunca está de más recordar que las formaciones políticas y sus miembros, con las redes burocráticas que los conectan, no son más que instrumentos al servicio de ese proyecto común cuyas líneas marca el programa.

Muchos pensamos que la política de confluencia era –es– el único camino. Por una suerte de mecanismo similar a la indefensión aprendida, parte de la izquierda «sospecha» por defecto de toda organización que aspire a llegar al poder.La ambición se confunde con arrogancia; se habla de los «sillones» como de una vulgaridad propia de personas poco honradas. Sin embargo, –segunda obviedad–, sólo con poder y desde las instituciones se puede actuar para en última instancia mejorar las condiciones de vida de la gente que es, no lo olvidemos, el objetivo final de la política. Se diría que conformarse con el 5% de los votos hace a la izquierda más «pura», menos contaminada por las circunstancias de la vida y sus contradicciones. Lo irónico es que el conformismo niega la auténtica vocación de la izquierda, que es la de ser revolucionara, transformadora y radical, en el sentido de actuar sobre los fundamentos del sistema. Lejos de ser un defecto, en la naturaleza de la izquierda, en su propio ADN, está la ambición: no tenemos techo precisamente porque tenemos proyecto.

El proyecto político y la ambición son la base sobre la que construir el proceso de confluencia. Toca entonces convencer,  conectar con las necesidades de la gente, hacer pedagogía incluso. Tenemos la posibilidad, –y la responsabilidad–  de aglutinar a todos los actores políticos y sociales que compartan el mismo objetivo. Lo han llamado crisis pero se nos está despojando de nuestros derechos civiles y laborales más básicos. Podemos hacer una lectura épica, ellos contra nosotros, o simplemente ser prácticos y lo suficientemente generosos para llegar a acuerdos, sabiendo que probablemente sea la única forma de sortear la ley electoral. Puede que nunca hayamos estado más cerca de la revolución.

 

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El autor

Cristina Zurita

Cristina Zurita

Cristina Zurita. Miembro de Unid@s se puede en La Laguna e investigadora del Instituto Astrofísico de Canarias.